Por Alvaro José Aurane
Publicado en LA GACETA, 29/10/2016
Pobre Tucumán. El año del Bicentenario de la Independencia no tiene gloria. Una pena larga estremece el tejido social de la provincia. Y esa angustia profunda se manifiesta en la conmoción que ha provocado esa tragedia totalizante que es la muerte del sacerdote Juan Viroche.
Alrededor de ese hecho absoluto, marcado por el signo tremendo de lo real, dos imágenes contrastan con una violencia arrasadora.
Por un lado, en la escena política están los poderes públicos, empantanados en su empecinada lógica del empequeñecimiento. Enfrascados, como jíbaros, en reducirlo todo a una doble discusión. Determinar, primero, si se trató de un homicidio o de un suicidio. Precisar, luego, si es un asunto que concierne a la Iglesia o al Estado.
Por otra parte, en la fotografía social, está el pueblo en la calle. El de La Florida y el de Delfín Gallo (al que ahora se suma el de la Capital). Día tras día. Semana tras semana.
...
El pueblo en la calle es el síntoma brotado de una verdad no dicha por sus autoridades.
....
Viroche predicaba contra las políticas de la pobreza y su distribución de la miseria. En misas y en charlas comunitarias condenó la corrupción, la impunidad y -nada menos- el clientelismo. Es decir, las prácticas que, en lugar de combatir la pobreza, la financian.
....
Pobre Tucumán. Hay dramas de toda escala configurando una tragedia social que empuja a los tucumanos a las calles. Pero demasiados integrantes del poder sólo ven una marcha -otra marcha- por el cura Viroche. Las sinécdoques estúpidas, en realidad, son la simulación de una ceguera peligrosa. Pero los jíbaros, en Tucumán, finalmente han logrado reducir el reduccionismo.
http://www.lagaceta.com.ar/nota/705386/opinion/jibaros-reducidores-realidad.html
Publicado en LA GACETA, 29/10/2016
Pobre Tucumán. El año del Bicentenario de la Independencia no tiene gloria. Una pena larga estremece el tejido social de la provincia. Y esa angustia profunda se manifiesta en la conmoción que ha provocado esa tragedia totalizante que es la muerte del sacerdote Juan Viroche.
Alrededor de ese hecho absoluto, marcado por el signo tremendo de lo real, dos imágenes contrastan con una violencia arrasadora.
Por un lado, en la escena política están los poderes públicos, empantanados en su empecinada lógica del empequeñecimiento. Enfrascados, como jíbaros, en reducirlo todo a una doble discusión. Determinar, primero, si se trató de un homicidio o de un suicidio. Precisar, luego, si es un asunto que concierne a la Iglesia o al Estado.
Por otra parte, en la fotografía social, está el pueblo en la calle. El de La Florida y el de Delfín Gallo (al que ahora se suma el de la Capital). Día tras día. Semana tras semana.
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El pueblo en la calle es el síntoma brotado de una verdad no dicha por sus autoridades.
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Viroche predicaba contra las políticas de la pobreza y su distribución de la miseria. En misas y en charlas comunitarias condenó la corrupción, la impunidad y -nada menos- el clientelismo. Es decir, las prácticas que, en lugar de combatir la pobreza, la financian.
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Pobre Tucumán. Hay dramas de toda escala configurando una tragedia social que empuja a los tucumanos a las calles. Pero demasiados integrantes del poder sólo ven una marcha -otra marcha- por el cura Viroche. Las sinécdoques estúpidas, en realidad, son la simulación de una ceguera peligrosa. Pero los jíbaros, en Tucumán, finalmente han logrado reducir el reduccionismo.
http://www.lagaceta.com.ar/nota/705386/opinion/jibaros-reducidores-realidad.html
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